Sergio Martín: diciembre

Llegó diciembre y un nuevo reto, pero venía de clasificar al Mundial. De uno de esos momentos que, cuando llegan, te obligan a parar y preguntarte: ¿y ahora qué?

Después de algo así, el siguiente reto no podía ser cómodo. No podía ser una carrera más. Tenía que ser algo que me pusiera realmente al límite, algo que no pudiera esconder detrás de un dorsal.

En septiembre de 2025 me hablaron de Héctor. Un niño de apenas 5 años con una enfermedad rara, el Tay-Sachs. Una de esas palabras que no suenan duras hasta que entiendes lo que significan. Una enfermedad degenerativa, sin cura, que va apagando poco a poco funciones básicas. Y cuando ves eso tan de cerca, todo se recoloca. Te hace pensar lo efímero que es el tiempo y lo corta que es la vida, y aun así, muchas veces perdemos tiempo complicándola.

Ahí nació la idea. Pensé que si iba a hacer daño, si iba a pasar frío, cansancio y horas de soledad, tenía que ser por algo que importara de verdad. Decidí junto a dos amigos organizar un evento solidario. Un reto simple en la forma, brutal en el fondo: 12 horas dando vueltas a una pista.

Pero no quería que fuera solo yo. Por cada corredor inscrito, 6 euros de inscripción íntegra para la causa. Por cada vuelta completada, un euro más para la investigación. Cada paso contaba. Cada vuelta sumaba. Cada persona importaba. Y la respuesta fue enorme.

27 de diciembre.

Una fecha rara para hacer algo así. Frío. Días de comidas, sofá y descanso. Y aun así, la pista empezó a llenarse. Más de 250 personas se inscribieron. Gente que vino a correr, a acompañar, a apoyar, a sumar. Lo que empezó como un reto individual se convirtió en algo colectivo.

Yo empecé a correr. Las primeras horas pasan casi sin darte cuenta. Muchos amigos y familiares se unieron al reto. Mi estrategia era clara, disfrutar de la mañana de sol haciendo tiradas de unos 5km.

Hasta el km 40, dentro de lo duro, todo iba controlado. El cuerpo respondía. La cabeza estaba tranquila. Pero decidí hacer una parada algo más grande para comer, pedimos unas pizzas, y creo que no fue una muy buena idea.

Del 40 al 50, llegó la parte incómoda. Las piernas empezaron a protestar. Cada vuelta pesaba más que la anterior. Empiezas a negociar contigo mismo, a dividir el tiempo, a engañarte para seguir. Porque eso de hacer tiradas de 5km se convirtieron en sobrevivir e intentar llegar a 2 o 3. Aun así consegui llegar con vida al km 50.

Y los últimos 10 km…ahí ya no había negociación. Eso fue supervivencia. La pista ya estaba vacía. Era de noche. El frío calaba. Un 27 de diciembre, cuando todo el mundo estaba en casa. Ahí ya no corría por mí.
Corría porque parar no era una opción.

Pensaba en Héctor. En su día a día. En que su lucha no se apaga cuando se cansa. Y entendí algo muy simple:
lo mío, por duro que fuera, si tenía un final.

Crucé el reto con 60 km en las piernas y 4 minutos para terminar las 12 horas en pista. Roto por fuera.
En paz por dentro. Podría haber corrido mas, o no, pero mis piernas no reaccionaban cuando mi cabeza le daba ordenes.

El final fue muy emotivo, los padres del niño, junto a los 3 organizadores, solos, juntos en una pista, arropados por la esperanza de que el niño por el que habíamos organizado todo eso, se aferre a la vida.

Y entonces llegaron los números que realmente importaban:

Más de 250 inscritos
Más de 11.000 € recaudados
➡ Fondos destinados a la investigación del Tay-Sachs

Ese día confirmé algo que ya sabía, pero que ahora siento más fuerte que nunca: me encanta llevar el deporte a este lugar. Al límite. Al frío. A la soledad. Pero siempre con un propósito real. Porque cuando el esfuerzo sirve para ayudar, nunca son solo vueltas a una pista 🖤

Resumen de privacidad

Esta web utiliza cookies para que podamos ofrecerte la mejor experiencia de usuario posible. La información de las cookies se almacena en tu navegador y realiza funciones tales como reconocerte cuando vuelves a nuestra web o ayudar a nuestro equipo a comprender qué secciones de la web encuentras más interesantes y útiles.